De paso vagabundo, en el disfrute del presente, sin mezclarme, despierto,
alegre, he pasado ausentándome de mí mismo como acto de amor a la espera de que
llegue aquel refugio en el que descansaré lo que me queda del camino.
El desierto ha sido extenso, solitarios los senderos, los días han
sido llevaderos, pero el vacío en el que estaba aumentó la desesperanza de
llegar hasta mi descanso, la parada necesaria para continuar con mi
trayecto. Y apareces, y me encuentras y
te encuentro: oasis perfecto.
Y camino por la vereda de tu horizonte, y un río en pleno centro
revive todo el desierto, y en todas las huellas que vas dejando surge la vida,
y así te sigo, caminando, pisando tus pasos para ya no perderme, mientras me
invitas a que me instale de forma permanente en un rinconcito de tu vida.
En el
desierto de mi espíritu, aparece tu cuerpo brindándome refugio en tu corazón
abierto, y entre aurícula y ventrículo me elaboras un amoroso lecho, en el
cual, con cada latido de tu pecho, me acurrucas mientras duermo.
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